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¿Podemos seguir hablando del “arte latinoamericano” como un todo?

  • Foto del escritor: ARTGAPI
    ARTGAPI
  • 23 jul 2025
  • 4 Min. de lectura

En cada gran exposición internacional, reaparece una etiqueta, discreta pero cargada de significado: arte latinoamericano.

Práctica, a menudo bien intencionada, sirve para agrupar artistas que van de Buenos Aires a La Paz, de Bogotá a Oaxaca.

Pero ¿tiene todavía sentido esta clasificación hoy en día? Detrás de esta denominación geográfica a veces se oculta una simplificación identitaria y una invisibilización de las complejidades sociales, étnicas, políticas y estéticas propias de cada región.


En 2025, cuando los discursos poscoloniales, las herramientas digitales y las movilidades culturales redefinen las fronteras de la creación, esta cuestión merece ser planteada de otra manera: ¿qué proyectamos, nosotros, espectadores occidentales, cuando decimos “arte latinoamericano”? ¿Y a quién sigue beneficiando esta simplificación?


Una etiqueta práctica, pero reductora


A principios del siglo XX, el término “arte latinoamericano” respondía a una necesidad estratégica: existir frente a la dominación de las escuelas europeas. Figuras como Diego Rivera, Tarsila do Amaral o Wifredo Lam encarnaban un modernismo arraigado en sus realidades culturales locales, portador de un lenguaje visual singular.

Pero hoy en día, la denominación se utiliza con frecuencia como una categoría de marketing, especialmente por casas de subastas, ferias e instituciones occidentales. Por ejemplo:


En Frieze New York 2024, el pabellón "Latin American Voices" presentó una exhibición colectiva que mezclaba obras de artistas indígenas brasileños, videos conceptuales uruguayos y textiles andinos. Un gesto de visibilidad, sin duda, pero también un nivelamiento estético donde el fondo político y cultural de cada obra parecía disolverse en una escenografía demasiado bien organizada.


En 2023, una retrospectiva en el Museo Reina Sofía de Madrid titulada Latinidad Expandida puso al mismo nivel las obras de la artista trans no binaria mexicana Maricarmen Ortega y del colectivo indígena mapuche Rangiñtulewfü. Una yuxtaposición sin diálogo que no cuestionaba ni las relaciones de poder entre estas escenas, ni su relación con la violencia colonial.


«Ser etiquetada como artista latina es como reducirme a una sola dimensión de mi identidad. También soy queer, afrodescendiente, urbana, y hablo tres idiomas», declaró recientemente la artista colombiana CAMILA RODRÍGUEZ TRIANA en ArtReview.


El problema es que esta categoría, aunque da visibilidad, también borra las luchas, los conflictos internos, las influencias múltiples — como si ser “latino” bastara para explicar una obra. Nunca se hablaría de “arte europeo” como un bloque unificado entre Durero, Monet y Marina Abramović.


Polémicas reveladoras


Si estos agrupamientos suscitan críticas es porque abren una brecha filosófica esencial: la del modo en que se mira al otro.

¿Cuándo la voluntad de valorar se convierte en forma de reducción? ¿Dónde está la frontera entre homenaje y asignación cultural?


Pensadores como Édouard Glissant o Walter Mignolo han teorizado la idea de “pensamiento fronterizo”: una forma de pensar desde la periferia que no busca entrar en el centro sino desestabilizar sus categorías.

El arte latinoamericano, desde esta óptica, no debería ser reunido en un género, sino visto como un campo de fuerzas en tensión permanente entre memoria, resistencia y reinvención.


Tomemos el ejemplo del pintor argentino Tomás Saraceno, cuyas instalaciones ambientales se exponen en Berlín, Venecia o Londres.

Pocos críticos destacan que su trabajo dialoga con cosmologías andinas o tradiciones de tejido mapuche.

¿Por qué? Porque no “es lo suficientemente latino”. ¿Pasa la visibilidad por una conformidad con las expectativas culturales? ¿Es esta una nueva forma de exotización silenciosa, que no dice su nombre?


Cifras y realidades del mercado


El arte latinoamericano representa hoy un segmento en fuerte crecimiento en el mercado internacional. Según el Latin American Art Market Report 2024:

  • Las ventas en subastas de artistas latinos aumentaron un +22% entre 2020 y 2024.

  • Los artistas brasileños dominan las ventas (42%), seguidos por los mexicanos (27%) y argentinos (14%).

  • Pero el 87% de las galerías latinas que venden internacionalmente están basadas... fuera de América Latina.


Esto plantea otra cuestión: ¿quién controla la narrativa? Los centros de legitimación suelen estar en París, Nueva York o Madrid, lo que contribuye a perpetuar representaciones desequilibradas y un desconocimiento de las escenas locales independientes.


Hacia un consumo artístico descentralizado


En la era de plataformas digitales como Artgapi, pero también Artsy o Instagram, los artistas toman progresivamente el control de su propia visibilidad. Se observa un auge de galerías virtuales, colectivos descentralizados y festivales en línea.

Por ejemplo, el colectivo "Bordes Invisibles", con base entre Guatemala y Honduras, difunde cada mes exposiciones en línea en tres idiomas, sorteando los circuitos tradicionales.


Además, emergen nuevas prácticas de consumo:

  • Los jóvenes coleccionistas (18-35 años) tienen un 58% más de probabilidades de comprar directamente a artistas locales vía apps.

  • El público sudamericano se vuelve actor de la escena: 3 de cada 5 compradores de arte en América Latina invierten en obras de artistas de su propio país.

  • El mercado de NFTs locales explota, con hubs como Medellín, Lima o Buenos Aires en pleno auge.


Un continente plural, múltiples voces


América Latina es un espacio de pluralidad radical. El continente está atravesado por múltiples lenguas (español, portugués, quechua, guaraní, criollo haitiano...), historias coloniales diferenciadas, dinámicas sociales opuestas entre zonas rurales, megaciudades y territorios autónomos.

A esto se añade un fuerte clivaje generacional, entre artistas militantes de la dictadura y creadores digitales post-pandemia.


¿Se puede imaginar entonces un diálogo entre la abstracción introspectiva de Cecilia Vicuña (Chile), las performances afrofuturistas de Jota Mombaça (Brasil) y las instalaciones ecológicas de Sandra Gamarra (Perú), bajo una sola etiqueta? ¿O esto equivaldría a crear un patchwork estético despolitizado, en nombre de una “identidad visual” latina que solo existe en la mirada del Otro?


Conclusión: una cuestión de mirada


La cuestión quizá no sea si se puede seguir hablando de “arte latinoamericano”, sino quién tiene el derecho de hacerlo, con qué fin y con qué consecuencias. Este debate va más allá del ámbito artístico: remite a cómo las culturas se cuentan, se venden, se exportan... o se reapropian.

¿Y si, en lugar de categorizar, aprendiéramos a escuchar?

¿A reconocer contradicciones internas, silencios, zonas de fricción?

¿A dejar que el arte se exprese en su complejidad, en lugar de tratar de nombrarlo desde fuera?



¿Es necesario deconstruir todas las categorías geográficas en el arte contemporáneo?

¿Se puede valorizar sin esencializar?

¿Cómo exponer un continente sin encerrarlo?

 
 
 

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